QUERIDO DIARIO: Pos nada que fui al parque Takilhsukut como representante del Consejo de cultura, me invitó mi compadre Luis Navarro (que es jefe de Arte y Cultura) pues había una reunión en el Kantiyán.
Para más información, el Kantiyán es un recinto donde se celebran las reuniones del Consejo de ancianos, una sede considerada la casa de la sabiduría.
Había leído siempre acerca de la sabiduría que tienen los abuelos, casi siempre de forma mística y etérea, pero mi ajetreada vida urbana jamás me permitió compartir una reunión con un grupo de ellos. Estoy maravillada. Yo, que suelo ya no sorprenderme, experimenté cómo mi mente se adentraba a un mundo de creencias y convicciones firmes, de fe en cosas desconocidas. Y, la verdad, no sé cómo asimilarlo. Fue como abrir los ojos a otra dimensión.
Esas creencias representan lo que somos en el otro lado del yo. Esas creencias hacen amar lo que nosotros juramos respetar pero que, la verdad, ignoramos lo suficiente como para que se convierta solo en una mera pose que nos haga ver cómo «conservadores» de las tradiciones.
Esa mañana, los abuelos hablaron de rituales, de compromiso, de abandonar la visión superficial para ingresar en un mundo de purificación. Un proceso largo que debe seguirse por años
Según mi compadre, haber estado en el lugar me involucra y sí, creo que las cosas se acomodan para quienes están destinados, espero ser una de ellas y ser parte de ese renacer.


